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jueves, 24 de julio de 2014

¿Te puedo pedir, que me hagas un regalo?

Ante la penumbra luz que entraba en el dormitorio, anunciando un nuevo día, la precipitada brisa sigilosa, susurraba adentrándose por la ventana entre abierta, penetrando en la sábana y acariciando la piel, que no quedaba resguardada del pijama. Ante la inusitada molestia de un leve escalofrío, la chica extiende las arrugas de los bordes inferiores del reducido pantalón de tela, y de la camiseta de finos tirantes, al mismo tiempo que emitía un pequeño sonido un tanto ronco. No basto con eso, se gira a un lado, y se acerca hasta encontrarse con el cuerpo de Hugo, buscando el calor, que el caprichoso amanecer le había requisado, y que más tarde, tumbada sobre la toalla en la arena de la playa, le devolvería.




Adormiscada, el calorcito poco a poco va haciendo efecto, terminando por sucumbir a Morfeo, aunque no por mucho tiempo. De los 3, ella era la que se solía despertar antes: como acostumbraba, se giró un momento, casi sin despegarse de Hugo, esperando ver cómo Marcos dormía plácidamente. Pero esta vez era diferente. Allí no estaba. De hecho, sin darse cuenta, como si respetara su espacio ausente, durante la noche no había ocupado ese lugar de la cama. “¿Cuánto ha pasado ya?” Se preguntó. “¿Tres días...? Buff... parece una eternidad.”




Muchos dicen que irremediablemente, es algo que tiene que pasar antes o después: no se puede tener una convivencia sin que surjan los roces de todo tipo: los de las discusiones... y también los del cariño. Después de la tormenta, cuando la calma no es serena, y el alivio, lejos de acrecentarse con la distancia, liliputiense se convirte, máxime, cuando las ganas de volver a verle aprietan, trató no darle más vueltas. Se confió al calor de Hugo, cerró los ojos, y espero a que Morfeo aun divagara cerca, pero para entonces, demasiado despiertas estaban ya las neuronas, como para callarlas y poder dormir. Se giró un momento, para ver una vez más, el lugar que ocuparía Marcos, ahora más iluminado, a medida que el Sol se alzaba. Su ausencia fue aún más sentida si cabe, al ver ese espacio libre, tanto, como para en ese momento, silenciar la brisa que seguía entrando en el dormitorio. Sabía que un fin de semana como otro cualquiera, a esas horas, ya estaría largando a Hugo de la cama, para después ir despertando a Marcos, poco a poco... Suspiró, entre desencatada con la situación y enfadada por su parte de culpa, pese a que sabía que había sido una mera torpeza por parte de ambos, en el que sin saber bien cuándo, ni por qué, se dejaron de escuchar, dejaron de tenderse la mano y ponerse en el lugar del otro, para tan solo ponerse en el lugar de sí mismos. “¿Por qué no puede ser todo tan sencillo como con Hugo? Con él siempre es mucho más fácil. Enseguida sé de qué humor está. Y siempre que me ve tiene esa alegría... Eternamente fiel. En cambio... cómo sé si Marcos sigue enfadado y por eso esta distancia, o es su timidez, la que no sabe cómo romper el hielo. Buf... qué complicado es esto de las relaciones”. Entre la indecisión, los nervios de si decirle algo o no, la mezcla de enfado suyo y el echarle de menos, el temor de precipitarse y empeorar las cosas, y otras tantas cosas más... en un intento de ir a morderse el piquito de la uña, se sabe delatadora de su nerviosismo, sentenciándolo alejando la mano. Acto seguido, Hugo, ajeno a todo, empezó a roncar. “Necesito una solución ¡Ya!”.




Decidida aunque sin rumbo, de un impulso, se levanta de la cama, o casi se podría decir que salta de ella, sin importarle haber despertado al durmiente. Coge el móvil, que había quedado tirado la noche anterior, en un momento de desesperación ante las innumerables veces que había visto y revisto la pantalla, esperando encontrar un mensaje, una llamada... algo de él, que sentenciara de una vez por todas la tregua. Enciende el móvil. Mientras se carga, se da cuenta que son tantos los sentimientos que tiene; tanto que decir, y tan poco por dónde empezar, que saturada, nublabada, decide que lo primero es tranquilizarse y pensar que todo saldrá bien: respira hondo: muy hondo. Calmada, se pone a escribir. Perfeccionista y a la vez insegura, tras repasarlo tantas veces como anoche miró la pantalla del móvil, lo repasa por última vez:



“Ya sé que no es mi cumpleaños... Y tampoco Navidad. Pero... ¿Te puedo pedir, que me hagas un regalo? No uno cualquiera... ¡Uno especial! Quizás pensarás que soy una caradura... ¡Va, venga! ¡Te doy unas pistas!


No lo encontrarás en ninguna tienda. Ni tampoco lo tendrás que hacer con tus propias manos. (Así que olvídate de comerte la cabeza). Tampoco lo tendrás que empapelar, ni decorar. No lo necesita. No es de esas cosas, que al final tan solo están para quitarles el polvo. De hecho, merece la pena... y mucho. Ni es un libro, que una vez que lo lees, prácticamente siempre, te cuenta la misma historia. No. Además, no sólo cuenta... también escucha. Eso sí... Vas a necesitar tiempo: al menos un poquito. No es un móvil, ni una tablet... No es la frialdad, de una de esas máquinas. A veces, me ha venido bien cuando he necesitado descargar alguna lágrima, y no, no es un clínex, (aunque gracias por las veces que me diste uno :). Otras, las lágrimas han sido de risa, a veces me ha hecho mucha gracia. Y otras, he encontrado la calidez, del modo más sencillo que te puedas imaginar...


Pensarás si quizás es un perro... Ya sabes que no me gustan los gatos. Y que... si por mí fuera... Los perros siempre serían cachorros. Los libros, se reescribirían cada vez que los terminara. Y que son los finales felices los que más me gustan. Así que... el único regalo que te pido... Es que te vengas aquí conmigo... Y que tan sólo sea ese ratito que necesitarás para venir, el tiempo que sigamos separados. ;)”



Suspira hondo. No quiere darle más vueltas y lo envía. Al volver a la realidad, escucha como Hugo está bebiendo del retrete. “Qué no le de por bajar a la cocina y abrir el cubo de la basura...” Piensa. Y allí se escucha como va. “¡Hugo!” 
Pick-pick. Mensaje nuevo.
8/6/2014

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